Primero Dios, con Gerardo Farías

MATEO 22 - LA GRAN FIESTA DE BODAS

Gerardo

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Jesús nos presenta el reino de los cielos como una gran fiesta de bodas preparada por un gran rey para su hijo. La imagen es gloriosa: Dios no llama al hombre a una vida vacía, fría o sin esperanza, sino a participar del gozo de su reino. El evangelio no nace de la necesidad humana de buscar a Dios, sino de la iniciativa divina de invitar al pecador. El Rey prepara la mesa, envía a sus siervos y abre la puerta. Todo comienza con la gracia de Dios, que quiere que participemos de su Reino.

Pero la tragedia del pasaje está en la respuesta de los invitados. Algunos no quisieron venir. Otros menospreciaron el llamado y se fueron a sus negocios, a sus campos, a sus intereses. No necesariamente eran ateos, ni enemigos declarados de Dios; simplemente tenían algo más importante que la invitación del Rey. Y esto es lo que debemos entender: No siempre se rechaza a Dios con odio abierto; muchas veces se le rechaza con indiferencia, con ocupaciones legítimas puestas por encima de lo eterno.

Entonces el rey manda a llamar a otros: buenos y malos, encontrados en los caminos. La sala se llena de convidados que no merecían estar allí. Así es la gracia: alcanza al indigno, busca al que estaba lejos, viste de gala al que no tenía derecho de entrar. Nadie se sienta a la mesa porque fue digno, sino porque fue invitado. Nadie entra al reino por mérito propio, sino por la misericordia del Rey.

Sin embargo, la gracia que invita también transforma. Por eso aparece el hombre que entró sin vestido de bodas. Su falta no fue pobreza, sino desprecio. Estaba en la fiesta, pero no quiso vestirse conforme a la provisión del rey. Esta es una advertencia severa contra la religión superficial: querer participar de las bendiciones del reino sin aceptar la justicia que Dios provee. No basta estar dentro de la sala; es necesario estar cubiertos por la vestidura que el Rey entrega.

Jesús nos deja delante de una decisión. El Rey ha preparado la fiesta, el llamado ha sido hecho y la puerta sigue abierta. Pero nadie debe engañarse: no se puede despreciar la invitación, ni entrar vestido de autosuficiencia, ni honrar a Dios solo con palabras. El evangelio llama, perdona, cubre y transforma. Dichoso aquel que no solo oye la invitación, sino que viene al Rey, recibe su justicia y vive bajo el gobierno de su amor. Que el Señor te bendiga.