Primero Dios, con Gerardo Farías
Primero Dios, con Gerardo Farías
MARCOS 12 - CONTROVERSIAS ANTES DE LA CRUZ
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El capítulo de hoy nos muestra a Jesús rodeado de preguntas, pero no de preguntas honestas. Los líderes religiosos no se acercan buscando luz; se acercan buscando una trampa. Le preguntan sobre la autoridad, los impuestos, la resurrección y el mandamiento principal. Cada pregunta tenía una intención escondida: hacerlo caer, desacreditarlo o ponerlo contra alguien. Ellos confiaban en su astucia. Jesús respondía con la sabiduría del cielo. Cuando le preguntan sobre el impuesto al César, Jesús no se dejó encerrar entre política y religión. Les dice: “Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. Con una sola frase expone su hipocresía y eleva la discusión: el problema no era la moneda del César, sino el corazón egoísta que no querían entregar a Dios.
Cuando los saduceos le preguntan sobre la resurrección, Jesús no solo corrige su argumento; corrige su ignorancia: “Erráis, porque ignoráis las Escrituras y el poder de Dios”. Esta respuesta es fuerte. Se puede ser religioso, conocer debates, manejar argumentos, y aun así estar profundamente equivocado porque se desconoce el verdadero poder de Dios y el mensaje de las Escrituras.
Luego, cuando le preguntan cuál es el mandamiento más importante, Jesús resume toda la vida espiritual en dos amores inseparables: amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo. La verdadera religión no se mide por la habilidad para discutir, sino por la capacidad de amar correctamente.
Pero al final, Jesús cambia el ritmo. Ya no responde preguntas. Ahora Él pregunta.
“¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David?” Luego cita el Salmo 110: “Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra…” Con esto, Jesús lleva a sus oyentes al centro del asunto: el Mesías no sería solamente un descendiente humano de David. Sería mucho más. Sería el Señor de David.
Esa es la pregunta decisiva de Marcos 12: ¿quién es realmente el Mesías?
Porque no basta con admirar a Jesús como maestro. No basta con verlo como profeta, reformador moral o descendiente noble de David. Jesús está mostrando que el Cristo prometido tiene una identidad superior, divina, gloriosa. Él no vino solo a responder preguntas difíciles; vino a revelarnos quién es Dios y a confrontarnos con la pregunta más importante: ¿quién es Jesús para mí?
La multitud escuchaba a Jesús con gusto. Pero escuchar con gusto no es lo mismo que rendirse con fe. La verdadera respuesta no es admirar su inteligencia, sino reconocer su identidad. Él es el Hijo de David, sí; pero también es el Señor de David. Es el Mesías prometido. Es aquel ante quien toda pregunta humana queda desnuda, y ante quien todo corazón debe decidir. Que el Señor te bendiga.