Primero Dios, con Gerardo Farías
Primero Dios, con Gerardo Farías
HECHOS 3 - ALGO MEJOR QUE EL ORO O LA PLATA
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El capítulo de hoy comienza con un milagro. Pedro y Juan encuentran a un hombre cojo de nacimiento, sentado cada día a la puerta del templo pidiendo limosna, mientras ellos iban a la oración. Él esperaba recibir unas monedas, pero Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda” (Hech. 3:6). El milagro es extraordinario, pero Pedro inmediatamente evita que la atención se concentre en ellos: “¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?” (vers. 12). El verdadero protagonista del capítulo no es Pedro, ni Juan, ni siquiera el hombre sanado. Es Jesucristo. Y allí comienza el sermón de Pedro. Su énfasis es profundamente cristocéntrico: Jesús fue rechazado, entregado y crucificado, pero Dios lo resucitó de los muertos. El mismo Jesús que ellos habían rechazado seguía obrando con poder. Pedro declara que fue “por la fe en su nombre” que aquel hombre recibió completa sanidad (vers. 16). Sin embargo, Pedro no termina hablando del milagro. El milagro abre la puerta para algo mucho más importante: un llamado al arrepentimiento. “Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados” (vers. 19). El propósito del poder de Dios no era producir admiración, sino conducir a las personas a Cristo, al arrepentimiento y a una vida transformada. Aquí hay una lección urgente para la iglesia de nuestros días. Podemos tener recursos, edificios, tecnología, programas y estrategias, pero nada de eso sustituye el poder de Jesucristo. El mundo no necesita solamente una iglesia que pueda ofrecer ayuda material; necesita una iglesia que pueda decir con convicción: “Lo que tengo te doy”. Pero para dar a Cristo, primero tenemos que tener a Cristo. Además, este capítulo nos recuerda que la predicación apostólica nunca separó la gracia del arrepentimiento. Pedro anuncia a un Salvador resucitado, pero también confronta el pecado y llama a una decisión. Una iglesia llena del Espíritu Santo no solamente consuela; también llama a cambiar de dirección. Quizás nuestra mayor necesidad hoy sea volver a esa experiencia: menos confianza en nuestros propios recursos y más dependencia del poder de Dios; menos protagonismo humano y más exaltación de Cristo; menos evangelio superficial y un llamado más claro al arrepentimiento. Porque el mismo Jesús que hizo caminar al paralítico continúa teniendo poder para levantar vidas destruidas, perdonar pecados y transformar corazones. La pregunta es si nosotros, como Pedro y Juan, tenemos suficiente comunión con Cristo como para poder decir al mundo: “Lo que tengo, eso te doy”. Que el Señor te bendiga.