Primero Dios, con Gerardo Farías

HECHOS 7 - ESTEBAN, EL PRIMER MÁRTIR DE LA IGLESIA CRISTIANA

Gerardo

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El capítulo de hoy nos muestra un evento que cambia la historia de la iglesia. Esteban, uno de los diáconos elegidos para servir en la distribución de los alimentos dentro de la iglesia, está ante el concilio, acusado de hablar contra el templo; pero su respuesta demuestra que el verdadero problema no era su falta de respeto por el lugar santo, sino que sus acusadores habían terminado confiando más en el templo que en el Dios que debía habitar en sus corazones. Esteban recuerda primero “el tabernáculo del testimonio” que Israel llevaba por el desierto (Hechos 7:44). Era una estructura móvil. Dios acompañaba a su pueblo dondequiera que iba. Más tarde, Salomón construyó el templo en Jerusalén, pero Esteban inmediatamente agrega una verdad crucial:

“Si bien el Altísimo no habita en templos hechos de mano…” (Hechos 7:48).

El templo era importante, pero nunca podía contener a Dios. El peligro estaba en transformar el símbolo de la presencia divina en un sustituto de la presencia divina. Podían sentirse seguros porque tenían el templo, mientras rechazaban al mismo Dios del templo. Entonces Esteban lleva su discurso a su punto más fuerte: “¡Duros de cerviz… vosotros resistís siempre al Espíritu Santo!” (v. 51). El problema de Israel no había sido simplemente falta de religión. Habían tenido el tabernáculo, el templo, los sacerdotes, los sacrificios y toda la revelación que Dios les dio a través de sus profetas. Su tragedia fue tener todas esas cosas y, aun así, resistir la voz de Dios. Y entonces ocurre algo profundamente irónico. Mientras ellos defendían apasionadamente el templo terrenal, Esteban vio abierto el templo celestial: “He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios” (vv. 55-56). Esteban estaba contemplando el cumplimiento de la profecía de Daniel capítulo 7: Estaba viendo al Hijo del Hombre presentándose delante del Anciano de Días, para recibir el reino, la gloria, y la honra. Al que ellos habían despreciado, estaba recibiendo toda la admiración en el cielo. La reacción fue brutal. Se taparon los oídos, lo sacaron de la ciudad y lo apedrearon. Pero las últimas palabras de Esteban muestran hasta qué punto Cristo había transformado su vida. Primero dijo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (v. 59). Y después: “Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (v. 60).

Esteban murió prácticamente repitiendo las palabras de Jesús en la cruz. Esa es quizá la evidencia más impresionante de una vida llena del Espíritu Santo: no solamente hablar de Cristo, sino parecerse a Cristo incluso cuando otros nos odian y nos lastiman. La pregunta que debo hacerme es ¿es posible que yo también esté resistiendo al Espíritu Santo? Porque nos puede pasar lo mismo: podemos tener cultos, reuniones, doctrinas, actividades, tradición y conocimiento bíblico, y aun así cerrar nuestros oídos cuando Dios intenta corregirnos. La muerte de Esteban no fue en vano. Su valentía y entrega dejaron una marca profunda en la vida de Saulo de Tarso. Y provocó una persecusión que empujó a la iglesia, a dejar Jerusalén, para cumplir la misión hasta lo último de la tierra. Que el Señor te bendiga.