Primero Dios, con Gerardo Farías

HECHOS 8 - SAULO DE TARSO COMIENZA LA PERSECUSIÓN CONTRA LA IGLESIA

Gerardo

Use Left/Right to seek, Home/End to jump to start or end. Hold shift to jump forward or backward.

0:00 | 8:28

Depués de la muerte de Esteban, Saulo de Tarso comenzó un gran persecusión contra la iglesia en Jerusalén. El texto nos dice que iba de casa en casa, y echaba en la cárcel a muchos de los creyentes. Pero eso no detuvo el crecimiento de la iglesia. Dios puede transformar incluso los momentos más difíciles en oportunidades para que su obra avance. Los creyentes tuvieron que abandonar sus hogares y dispersarse por distintas regiones. Humanamente, aquello parecía una tragedia. Sin embargo, Lucas declara: “Los que fueron esparcidos iban por todas partes anunciando el evangelio” (Hechos 8:4). Lo que Satanás quiso utilizar para detener a la iglesia terminó contribuyendo a extender el mensaje de Cristo. Felipe llegó a Samaria y comenzó a predicar allí. Esto era significativo, porque existía una profunda enemistad histórica entre judíos y samaritanos. Pero el evangelio derriba barreras. Donde antes había prejuicio y separación, ahora llegaba la noticia de que Jesús también era el Salvador de los samaritanos. La persecución sacó a los creyentes de Jerusalén y los llevó precisamente hacia los lugares donde Dios quería que fueran. Pero el relato continúa. En medio de una gran obra evangelística en Samaria, el Espíritu Santo dirige a Felipe hacia un camino desierto. Allí encuentra a un funcionario etíope que regresaba de Jerusalén leyendo al profeta Isaías. Entonces el Espíritu le dijo: “Acércate y júntate a ese carro” (Hechos 8:29). Felipe obedeció. No sabía previamente a quién encontraría ni cuál sería el resultado. Simplemente siguió la dirección de Dios. Y comenzando desde aquella Escritura, “le anunció el evangelio de Jesús” (Hechos 8:35). Poco después, aquel hombre pidió ser bautizado y regresó a su tierra lleno de gozo. Aquí aparece el corazón misionero del libro de Hechos: Samaria, Etiopía y, finalmente, los confines de la tierra. El evangelio no pertenece a una nación, una cultura o un grupo determinado. Jesús murió por toda “nación, tribu, lengua y pueblo”. También nosotros formamos parte de esa misión. Quizás nunca predicaremos ante grandes multitudes como Felipe en Samaria, pero podemos encontrarnos con nuestro propio “etíope”: una persona que Dios pone en nuestro camino y cuyo corazón ya está siendo preparado por el Espíritu Santo. Nuestra responsabilidad es sencilla pero exigente: estar disponibles, escuchar la voz de Dios y obedecer cuando Él diga: “Acércate”. La pregunta no es solamente: “¿Quién llevará el evangelio al mundo?”, sino también: “Señor, ¿a quién quieres que le hable hoy?”. Que podamos decir como Isaías: “Heme aquí, envíame a mí”. Porque la misión continúa, el Espíritu Santo sigue guiando, y Dios todavía quiere utilizar nuestra vida para llevar a otros hasta Jesús. Que el Señor te bendiga.