Primero Dios, con Gerardo Farías
Primero Dios, con Gerardo Farías
HECHOS 11 - LA IGLESIA DE ANTIOQUÍA
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Hechos 11 marca un punto decisivo en la historia de la iglesia. Hasta ese momento, muchos creyentes todavía pensaban el evangelio debía ser predicado únicamente dentro de los límites del pueblo judío. Pero Dios estaba mostrando que la obra de Cristo no podía quedar encerrada dentro de una nación, una cultura o una tradición. Pedro comienza explicando lo ocurrido en la casa de Cornelio. Cuando regresó a Jerusalén, algunos creyentes lo criticaron porque había entrado en casa de gentiles y había comido con ellos. Pedro no respondió con una discusión personal. Simplemente relató lo que Dios había hecho: la visión que recibió, la dirección del Espíritu Santo y, sobre todo, cómo el Espíritu Santo descendió también sobre los gentiles. Entonces Pedro llegó a una conclusión imposible de ignorar: “Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros… ¿quién era yo que pudiese estorbar a Dios?” (Hechos 11:17). Esta frase contiene una lección enorme. A veces podemos estar tan aferrados a nuestras costumbres, tradiciones o maneras de entender la misión que terminamos resistiendo aquello que Dios está haciendo. La iglesia tuvo que aprender que no era ella la que decidía quién podía recibir el evangelio. Dios ya había abierto la puerta. Cuando escucharon el informe de Pedro, los creyentes reconocieron la evidencia y declararon: “¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!” (Hechos 11:18). Era una revolución espiritual: el evangelio pertenecía a todos. Después Lucas dirige nuestra atención hacia Antioquía. Los creyentes que habían sido dispersados por la persecución comenzaron a predicar allí, y muchos gentiles aceptaron al Señor. La iglesia de Jerusalén envió a Bernabé para observar lo que estaba ocurriendo. Cuando llegó, en lugar de desconfiar de aquella nueva comunidad, “vio la gracia de Dios” y se alegró (Hechos 11:23). Bernabé comprendió que necesitaban enseñanza sólida, así que buscó a Saulo en Tarso y lo llevó a Antioquía. Durante un año enseñaron juntos a aquella iglesia. Y fue precisamente allí donde “a los discípulos se les llamó cristianos por primera vez” (Hechos 11:26). Antioquía es muy importante porque representa una nueva etapa de la misión cristiana. Jerusalén había sido la cuna de la iglesia; Antioquía se convertiría en su gran plataforma misionera. Era una iglesia multicultural, formada por personas de diferentes orígenes, unidas no por su nacionalidad sino por Cristo. Más adelante, desde Antioquía serían enviados Pablo y Bernabé en el gran movimiento misionero que llevaría el evangelio mucho más allá de Israel. Además, Antioquía no solamente recibió el evangelio: comenzó a dar. Cuando supieron que habría hambre en Judea, los discípulos decidieron enviar ayuda “cada uno conforme a lo que tenía” (Hechos 11:29). Era una iglesia que evangelizaba, enseñaba, servía y ayudaba. La iglesia de Antioquía nos muestra cómo debería ser una iglesia verdaderamente misionera: abierta a las personas que Dios está alcanzando, centrada en Cristo, fundamentada en la enseñanza bíblica, sensible a las necesidades de otros y dispuesta a enviar personas para llevar el evangelio más lejos. Que podamos aprender de Pedro a no “estorbar a Dios”, de Bernabé a reconocer la gracia de Dios cuando aparece en lugares inesperados, y de Antioquía a convertirnos en una iglesia que no solamente recibe el evangelio, sino que lo lleva hasta los confines de la tierra. Que el Señor te bendiga.